Miradas generacionales.
Opinar, establecer una conclusión personalizada
(al menos aparentemente personalizada) respecto de un hecho relevante (también aparentemente
relevante). Opinar, sacar desde la lengua un globo que postula a ser el nuevo
color, la nueva forma. Hablar, a veces casi cantando, gesticulando o
enfatizando correctamente las frases más categóricas (aparentemente) de la opinión.
Opinar, sentir que se desnuda al unicornio, que se reinventa la pólvora; olvidar
a veces que toda operación humana tiene algo de física y que inevitablemente
cierta carga, cierto peso, cierta inclinación, terminará colocando en la opinión
una cucharadita sazonadora de apología. Opinar, por repetición, por querer
llevar la contra, porque la televisión lo dijo, por repetición, y hasta opinar
porque justo en ese momento no querías estar callado.
Entonces yo me pregunto, y parece tan claro
(aparentemente), ¿A dónde van a parar las opiniones? ¿Dónde duermen los tan
bien elucubrados argumentos?
Entonces parece tan claro. Aparece esta imagen
del lenguaje siendo invadido por todos los flancos, el ataque de la individualización
aparente, de la libertad suprema del ser, de la independencia del átomo y la rebelión
del electrón. Bailan en los avisitos publicitarios mujeres masculinas y hombres
femeninos anunciando el advenimiento del mérito, de la soledad merecida. Te
mereces esto, compra aquello, te despreció aquello, desprecia y revende esto.
Entonces las princesas ya no viven en castillos, viajan en un automóvil cero
kilometro, y los príncipes ya no quieren batallas ni espadas, para eso existe
el crédito. Y bailan desde lejos, y cada cosa que les parezca un error, el
sistema la asume primero, plantea la pregunta y obliga la respuesta. Quieren
igualdad, sean todos un numero, anuncian las corporaciones que tan sórdidamente
controlan las naciones. Ya no sirve Dios, no sirven las reuniones del pueblo.
El sistema anuncia que Dios está cansado de cuidar familias, entonces se
cuidara solo, anuncia que la Coca cola lo salvó de una depresión. Y ese sistema
que tiene nombre y apellido, Doña Corporatocracia, se disfraza de política,
inventa un reality show de izquierdas y derechas que son la dictadura del menú direccionado.
Y siguen opinando, quieren igualdad, tendrán mujeres
machistas y hombres feministas, pero jamás deberán encontrarse en un debate de
género. A tal hora el canal del gobierno dicta el lenguaje apropiado para declararles
a los jóvenes que son cada vez más jóvenes y a los viejos que cada día huelen
más a flores de funeral. Aparecen los dialectos, se les promueve para que así
un hijo de jornal que ahora es técnico o incluso universitario, jamás de los
jamases se atreva a diseñar ideas propias. Todo está hecho por el sistema, tan
solo reproduce. Y la cajita de televisión, que últimamente es más delgada que
una hoja, te sigue mostrando las tendencias.
En el Chile de la primera década del siglo
veintiuno por cada estilo musical aparecía un movimiento juvenil. Atados en la
necesidad tan atrofiada de tener identidad, los jóvenes y adolescentes
comenzaron a ser el cliente objetivo de las mega corporaciones de ropa, música,
perfumería e incluso del lenguaje. Y se llamaban tribus urbanas, las cuales sin
identidad fueron devastadas por la forma, por la nueva venta de vanidades que
siempre cobra el abandono. Fueron presa fácil, y esa misma generación reventó.
Reventó en las tasas más altas de suicidio juvenil de los últimos siglos,
reventó en fármacos, sicoterapias, abandonos, silencios y tristezas. Y de
tribus urbanas pasaron a ser silencios urbanos, dormidos en una página de
facebook, empecinados en tener el control de sus vidas conectados a la opinión pública,
conectados a las redes antisociales. Olvidaron la mano, olvidaron la piel,
olvidaron la construcción, entonces se hicieron desechables.
En Sudamérica la visita del artista Yupi Justin
Beaver fue un éxito, así como cualquier artista cuyo mercado objetivo sean los
niños. El sistema no perdona y ahora va por las cunas. Próximamente anunciaran pañales
heavy metal o talco para bebe reciclable. Pues la Corporatocracia sabe que
fomentando el motor de la vanidad que busca la identidad como isla, nos
terminara convirtiendo en un continente lleno de islas, lleno de opiniones que
ostentan ser la definitiva. Opinaran todos por repetición, y ya nadie dirá que
costosos son los libros, que altos los impuestos a la cultura elegida y no a la
dirigida, tan gratuita como siempre.
Opinando te desuniré…
Espejos de una generación que tiene todos los
medios para unificar criterios y desnudar los problemas de fondo, se duermen en
el alcohol por exceso, en la venta de la evasión. Siguen comprando modelos de
vida, arquetipos de la respiración, porque la máxima del mercado es producir
para gastar. Las novias les dan más cuotas a los novios con automóvil, los
novios les dan más cuotas a las amantes costosas. Espejos, reiterando la escena
de lo impropio, aparentando ser únicos en una reproducción grosera de lo que
los medios intentan colocar en las cabezas. Colores diseñados, ingeniería del
control sistemático, tendencia engorrosa, pero tan clara y aséptica, hacia todo
lo que parece unificado. “En tu tiempo libre compra un ticket para pertenecer a una tribu urbana, a un fan club, y hasta
vende poleras de Víctor Jara en un mall.
Compra la identidad, pero no olvides que eres esclavo mediático, que tu opinión
me pertenece”. Así canta el sistema desde la cortina de humo.
Ahora vienen por los más pequeños, la
generación perdida de los noventa está demasiado ocupada colocando caritas
felices en sus charlas virtuales. Ellos ya perdieron la batalla, aprendieron de
memoria las canciones de la tierra, pero inevitablemente las vistieron de
globalismo, y poco las comprendieron. Las embargaron de emoción. Total todo es
desechable. Amas hoy, amaras a otro mañana, el amor es desechable. Nunca
definible. La emoción es finita y controlable, tan bien lo hicieron en la mega
industria del cine, que hasta hicieron creer a algunos que el amor es de débiles,
que es una condición de debilidad. Una condición a proteger.
No sé en cuantas canciones embasadas aparece el
“sin ti muero, eres mi amado amor”. Donde el amor se convirtió en un duende con
muerte cerebral que solo ama al otro, que nunca ama el nosotros. Que solo ama
una cosa a la vez, o ama muchas mismas cosas a la vez. Se ha vendido bastante
bien la idea de que se ama d una forma y de que de esa única forma se puede
amar a muchas personas, cuando en realidad podríamos plantear que el amor es
una conexión individualizada, de muchas formas pero para un ser humano. Amas a
un hijo como no aamas a otro. Amas una mujer compañera como no amas a tu
hermana, a la cual amas como jamás amarás al viento. Amas la soledad pero no
por ello no amarás la compañía. Pero las amas en distintos canales.
Y vienen por los niños, porque la generación que
era la esperanza, a la cual he visto pasar por nuestras aulas, la que tenia
celulares desde pequeños y que siempre podía encontrarse, simplemente fue agredida,
y la televisión aplaudió porque la palabra pueblo fue infectada, la palabra
buen modal fue violada, la palabra paciencia fue borrada.
¿Y nuestra generación de treintones qué tiene?,
aprendimos a gritar con el grunge, fuimos hijos bastardos de una generación con
miedo a las dictadura. A nosotros nos robaron la memoria pero no el corazón.
Pero aun así, la mayoría de los que despertaron y vieron como esta idea de
globalizar y unificar por medio de la individualización controlable, estamos
tan preocupados de seguir siendo rebeldes que con suerte hablamos, y cuando
alguno de nosotros escribe, canta, trata de reunir, de revelar, y todas las re
en re mayor y menor que se puedan Reiterar. Nos recuerdan que la generación a
la cual le embargaron el corazón, la que nos siguió, la que podía comprar las
remeritas de bandas, esa se ve mejor y es más joven. Porque pensar es viejo,
escribir es viejo. Y nosotros estamos envenenados con esa sensación de
resignarse, de mejor callar y no discutir contra las lenguas humanas que
reproducen la rentabilidad vitalicia de la opinión mediática. Somos una
guitarra de madera contra un show estelar de artistas internacionales, una
palabra contra el facebook, una queja contra la resignación.
Por eso rechazamos la opinión repetida, aislada,
y hacemos una arenga por la opinión construida, por la manifestación. Así como
los medios borraron las palabras de tierra como pueblo, popular, intelectual. Así
mismo borremos opinión por manifestación, por gesto, por entrega, por esa
soberana necesidad que tenemos de amarnos, y sacar a Dios de esa cárcel en la
cual lo metió la Coca cola.
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